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EL ASTRÓNOMO


Al capitalismo le debemos, sin duda, la urgencia que impera en nuestras sociedades. Su objetivo fundamental es la generación de capital y el aumento incesante de éste, y para ello, precisa de acciones que puedan ser ejecutadas con celeridad y tenacidad para garantizar la conquista de las recompensas codiciadas. La genealogía de su sistema puede ser entendida como una sucesión permanente de innovaciones técnicas y tecnológicas, todas ellas encaminadas hacia la aceleración de los tiempos de producción.

 

No es de extrañar, que una de las estrategias más utilizadas por las empresas desarrolladoras de inteligencia artificial para promocionarse y extenderse como la pólvora -valga este ejemplo- sea la noción de rapidez. Esta idea, al mismo tiempo, es fustigada por una creencia moderna que sugiere que cuanto más rápido se obtenga un objeto deseado, con mayor seguridad se obtendrá el próximo. Supongo que esta conjetura tan atractiva es la que ha propiciado la demasiado alegre aceptación de esta tecnología.

 

La comercialización de la velocidad como experiencia positiva y deseada no es nueva. La industria automovilística la ha utilizado siempre para atraer la mirada de los consumidores hacia sus vehículos y, así, incrementar sus ventas. La mayor parte de sus esfuerzos publicitarios van encaminados a enaltecer la potencia, la aceleración y la velocidad máxima. La seguridad y el diseño de sus productos son, al parecer, características secundarias; un refuerzo que, en todo caso, complemente lo que en realidad te están vendiendo: velocidad.

 

A menudo me he preguntado cuál es la finalidad de ir más rápido. Como antigua profesora de formación vial, éste era un debate constante con mis alumnos, deseosos, y temerosos también, por ponerse a los mandos de un vehículo por primera vez. Recuerdo cómo la velocidad era abrazada tímidamente al principio. Todo era nuevo y excitante y los nervios tomaban asiento como un pasajero más durante el trayecto. El deseo por pisar el pedal del acelerador no se hacía esperar demasiado y, no sólo porque formara parte del programa docente sino como una demanda impulsiva por parte del alumno, como si fuera un adicto esperando una nueva dosis de adrenalina. Afortunadamente, no todos se comportaban así.

 

 

La velocidad, el exceso de velocidad, sigue siendo la principal causa de muerte en los accidentes de tráfico hoy. Y poco tiene que ver con rebasar solamente los límites establecidos, sino con las capacidades y el estado del conductor, entre otros factores. Una velocidad excesiva también es circular a 80km/h en determinadas circunstancias. A altas velocidades se produce lo que en el ámbito vial se conoce como efecto túnel, fenómeno por el que se va reduciendo el ángulo de visión del conductor a la hora de percibir objetos y/o personas en la calzada.

 

El usuario de esta tecnología de inteligencia artificial se encuentra en una situación similar, sentado frente a su ordenador de a bordo. Cegado por llegar a su destino, por el resultado, no percibe el daño que se podría estar causando. Como su percepción está disminuida, pasa por alto que está adormeciendo lentamente sus capacidades mientras invierte su tiempo en entrenar un artefacto que no le devuelve nada a cambio. Tampoco percibe que su actividad incurre en un conflicto legal de dimensión mundial, ya que tanto los datos personales como las imágenes y las obras artísticas que pasan por delante de sus ojos están protegidas por derechos de autor y con su uso está contribuyendo a quebrantar la ley que vela por la integridad de las personas.

 

La inmediatez que se promete con los programas de inteligencia artificial causa sus propios “accidentes”, aunque éstos no son sucesos imprevistos sino premeditados. Uno de los más graves es instaurar por repetición la creencia de que el beneficio no lo trae el proceso sino el resultado, disolviendo así toda rutina de aprendizaje. Como en el caso de los vehículos, lo más importante es alcanzar la meta sin reparar en el trayecto, en el viaje. Otro “atropello” es asociar la velocidad con el ahorro de tiempo. Es una especulación temeraria, además de una mera ilusión porque, en realidad, la prisa acelera el tiempo, no lo demora. Lo cierto es que la prisa nos mantiene en un estado de estimulación permanente y de hiperactividad, manteniéndonos distraídos y ocupados durante todo el día. Nos han hecho creer que estar permanentemente atareados proporciona la seguridad de una vida plena o una carrera exitosa. Pero es falso.

 

Otro “accidente” se produce cuando, en busca de esta inmediatez, se suprime la creatividad humana. El auténtico proceso creativo requiere tiempo. Un tiempo que muchas personas no están dispuestas a asumir. Pero ¿hacia dónde nos conduce esto? Hacia una merma en nuestra capacidad de disfrute. La velocidad, la prisa, también nos roba esto. Pasamos de una actividad a otra sin saborearla, sin recordar, muchas veces, cómo hemos llegado a tal o a cuál punto. La visión se vuelve borrosa y carente de emoción. Y al final del día una sensación de amargura nos invade. Un día más, otra vez lo mismo. Lo aburrido, lo sistemático, lo gris. Nos instalamos, sin darnos cuenta, sobre la fantasía de las soluciones definitivas y la seguridad garantizada. Como dice Estanislao Zuleta, en lugar de desear una vida humana inquietante y compleja, que estimule nuestra capacidad de luchar y nos obligue a cambiar, deseamos un idilio sin sombras y sin peligros, un “nido de amor” y, por lo tanto, en última instancia un retorno al huevo. En lugar de desear una sociedad en la que sea realizable y necesario trabajar para hacer efectivas nuestras aptitudes, deseamos un mundo de satisfacción y abundancia pasivamente recibida. En lugar de desear una filosofía llena de incógnitas y preguntas abiertas, queremos poseer una doctrina global capaz de dar cuenta de todo.

 

La inteligencia artificial no es tan inocente e inofensiva como su campaña de marketing asegura. Es un avance tecnológico, sí, pero no tiene por qué ir ligado a la idea de progreso. Las “soluciones” tecnológicas que envenenan el medio ambiente o degradan la estructura social y a las personas no son beneficiosas, no importa cuán brillantemente hayan sido concebidas o cuán grande sea su atractivo superficial. Máquinas cada vez más sofisticadas, imponiendo concentraciones crecientes de valor económico y ejerciendo una violencia mayor sobre el mundo, no representan progreso alguno.

 

Para E. F. Schumacher, se requiere una nueva orientación de la tecnología hacia lo orgánico, lo amable, lo no violento, lo elegante y lo hermoso. La paz, como a menudo se ha dicho, es indivisible. ¿Cómo podría, entonces, construirse la paz sobre una base hecha de tecnología violenta e indiferente? Toda máquina que ayuda a un individuo tiene justificado su lugar, pero no debiera haber sitio alguno para máquinas que concentran el poder en las manos de unos pocos y tornan a los muchos en meros supervisores de máquinas, si es que éstas no los dejan antes sin trabajo. ¿Qué queda del ser humano si el proceso de producción elimina del trabajo todo atisbo de humanidad haciendo de él una mera actividad mecánica? Hay necesidad de una adecuada filosofía del trabajo que lo entienda no como lo que podría llegar a ser, una tarea inhumana que debe ser reemplazada tan pronto como sea posible por la automatización, sino como algo beneficioso para el cuerpo y el alma.

 

La irrupción de la inteligencia artificial, más allá de representar un cúmulo de conflictos morales y legales, tiene el poder de convertirnos en auténticos adictos de lo fácil, lo rápido y lo barato. No creo en la cultura del esfuerzo y el sacrificio porque los procesos no tienen por qué ser siempre arduos, pero hay matices, puntos intermedios entre esta posición y el extremo opuesto.

 

En esta nueva cultura impuesta, lo viral es lo gratificante. Es una recompensa en sí misma. Pero ¿qué es exactamente lo que obtenemos los seres humanos con ello? ¿Popularidad? ¿Reconocimiento? Lo que obtenemos es un chute de dopamina, el espejismo de una idea preconcebida de lo que podría ser el éxito. Tras esa visita fugaz al paseo de la fama, la realidad muestra su lado más cruel. ¡No ha sucedido nada! Y la monotonía vuelve a acomodarse en el sofá. Nada ha cambiado.

 

Como dice Carl Honoré en su libro Elogio de la lentitud: ¿Por qué tenemos siempre tanta prisa? ¿Cómo se cura esa auténtica enfermedad que es nuestra actitud ante el tiempo? ¿Es posible, e incluso deseable, hacer las cosas con más lentitud?

 

Es importante que nos detengamos un momento y procuremos responder a esta pregunta: ¿Adónde y por qué vamos tan rápido?

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